Las expectativas que tenemos de los demás o que tiene de nosotros nuestro equipo o círculo cercano influye mucho en nuestro comportamiento.  Hoy quiero contarte una historia de ese poder, que tiene mucho que ver con el efecto Pigmalión del que ya he hablado en mi blog en alguna ocasión.

Ocurrió en una de las primeras sesiones de mi formación como coach en la prestigiosa Escuela Lider-haz-go.

Nos pidieron que nos sentáramos en círculo y nos pusieron una etiqueta en la frente con un rol escrito: uno era el jefe, el otro el pasota, el proactivo, el organizador…

Ninguno de nosotros sabía la etiqueta que nos había tocado pero el resto de los compañeros podía verla. Según las instrucciones de la dinámica, debíamos tratar a cada uno de los participantes según su etiqueta y entre todos acordar conjuntamente la organización de la cena de Navidad del departamento.

Yo no sabía cual era el objetivo real del ejercicio, y no tenia ni idea de la etiqueta que me había tocado. Así que me centré en tratar a los demás según el rol que le habían asignado y en lograr el objetivo que nos habían puesto: organizar la cena de Navidad. Me lo tomé muy en serio y me dediqué a proponer ideas, buscando la aprobación de quien tenía rol de “jefe”, ignorando al “pasota y pesado”, y tratando de apoyar al que actuaba como el “coordinador”…

Sin darme cuenta, empecé a gastar bromas, reírme mucho y disfrutar de la reunión haciendo reír también a los demás. Mi sentido del humor se despertó motivado por la actitud y por las reacciones de mis compañeros.

El “juego” duró media hora hasta que conseguimos acordar y decidir todos los detalles de la celebración del equipo.

Al terminar: ¿Adivinas cuál era la etiqueta que me habían colocado en la frente? Cuando lo vi me quedé de piedra…

“LA GRACIOSA”

La visión que tenían los demás de mi y la etiqueta que me habían puesto había condicionado su comportamiento y en poco tiempo, yo había cambiado mi forma de actuar para adaptarme a sus expectativas. Lo curioso es que lo mismo le ocurrió a mi compañera que tenía la etiqueta de jefe… No era una persona excesivamente proactiva en el resto de las dinámicas y sin embargo, esta vez se había comportado de forma directiva, tomando muchas decisiones. O al que tratamos como “tonto pasota”; a base de ignorar todas sus propuestas logramos que se cansara de proponer y se comportara como alguien pasivo y tímido… Curiosamente, en este caso, se trataba de una de las personas más comunicativas, proactivas y participativas que conozco…

La fuerza de las etiquetas había transformado nuestra actitud en el grupo y condicionado nuestro comportamiento.

Entendiendo el poder de las etiquetas me hice la reflexión:

¿qué etiquetas utilizo con otras personas? y sobre todo…

¿qué etiquetas me pongo a mi misma? ¿como me condicionan? ¿cómo me condicionan el comportamiento de los demás conmigo?